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Justo cuando amanecía el nuevo milenio apareció en Londres un texto titulado Modernidad líquida (2000) de Zygmunt Bauman, que se tradujo al español en México en el año 2003 bajo el sello editorial del Fondo de Cultura Económica. En este texto, Bauman advertía que la modernidad sólida había llegado a su fin y que estábamos inaugurando una nueva era que bautizó como indica el título de su libro. Era la primera vez que este sociólogo, originario de Polonia y radicado en Inglaterra desde 1971, utilizaba esta metáfora derivada de la idea de que lo sólido es aquello que conserva su forma y persiste en el tiempo, mientras que lo líquido es informe y fluye constantemente. Con esa imagen Bauman ha podido pensar sociológicamente nuestra época desde distintos ángulos y producir un buen número de obras en torno a ella. De los aproximadamente 25 libros suyos traducidos al español entre 1998 y 2012, siete incluyen la metáfora en su título: el mencionado Modernidad líquida (2003); Amor líquido (2005); Vida líquida (2006); Tiempos líquidos (2007); Miedo líquido: La sociedad contemporánea y sus temores (2007); Arte ¿líquido? (2007) y 44 cartas desde el mundo líquido (2011).

Bauman inició su obra sociológica reflexionando en torno a la modernidad con un texto que tenía como tema al Holocausto (Holocausto y modernidad, 1998). A partir de un análisis de los principales pilares filosóficos, económicos y sociológicos del proyecto de la modernidad, va progresivamente hasta llegar a la conclusión de que éste se ha ido transformando con el paso del tiempo sin dejar totalmente de imprimir su marca en la sociedad contemporánea. Los cambios más radicales, según él, se han dado en algunos de los viejos conceptos que le daban cuerpo a la modernidad: la emancipación, la individualidad, el

tiempo/espacio, el trabajo y la comunidad. Ya no se trata de la modernidad conocida, dice, pero tampoco es propiamente postmodernidad, ya que no es que se hayan dejado completamente atrás estos conceptos, sino que han sido resignificados a la luz de las transformaciones globales. Es una modernidad caracterizada básicamente por la desregulación, la flexibilización y la liberalización económica, cuestiones que han conducido a la disolución de los sólidos vínculos sociales para dar paso a un tipo de conexiones rápidas, fugaces y poco significativas. El patrón de comportamiento más elocuente respecto a esta nueva manera de vivir los vínculos sociales es, justamente, la vida de consumo contemporánea: el consumismo compulsivo de mercancías perecederas y prescindibles para la sobrevivencia, pero fundamentales para las identidades móviles y la producción de fronteras simbólicas que generan exclusión social. Las mercancías dejaron de tener valor por la posibilidad de acumularlas, para dar paso a valorizar su potencial de generar goces inmediatos y fugaces producidos por el hecho mismo de su renovación constante.

En este marco de pensamiento, Bauman piensa también sobre la educación. En un pequeño libro (son apenas 46 páginas) editado por Gedisa en el 2007 y titulado Los retos de la educación en la modernidad líquida, este prolífico sociólogo nacido en Poznan en 1928, reflexiona acerca de las implicaciones de esa modernidad líquida en un nuevo objeto de análisis y se pregunta, ¿cómo es que la educación, producto netamente moderno, pervive en un contexto en el que se han perdido las referencias ideológicas, sociales y conductuales, propias del contexto que le dio sentido? Su tesis es que en la era actual, caracterizada por el cambio instantáneo y errático, las costumbres estables, los marcos cognitivos sólidos y las preferencias por valores durables, convierten los objetivos de la educación ortodoxa en desventajas para las nuevas generaciones.

Este libro, escrito por Bauman en el 2005, tiene, en su traducción al español y edición realizada en Barcelona, un extenso prólogo de Violeta Núñez, doctora en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Barcelona y profesora Titular de Pedagogía Social en dicha Universidad desde 1992. En este prólogo, escrito en el 2007, la profesora Núñez señala que el nuevo texto de Bauman da cuenta “de las relaciones entre cultura y educación, pues las condiciones de la modernidad líquida las han transformado” (p. 10), lo cual levanta el reto imprescindible de explicar cómo es que los vínculos existentes hasta ahora se disuelven o mutan y replantear que “es necesario volver a afrontar las posibilidades mismas de la educación como proceso de transmisión de la cultura” (ídem). Este reto, según Núñez, es el que recoge Bauman al escribir este texto, aportando elementos nuevos para pensar “estos tiempos de pasaje e incertezas” (p. 11).

Bauman construye en el escrito que reseñamos, una estructura compuesta por una breve introducción, cuatro apartados y las conclusiones. Esta estructura responde exactamente a lo que quiere plantear: los fundamentos de la edad moderna, que son el conocimiento y el valor de la memoria, son minados por el síndrome de la impaciencia generado por las transformaciones actuales. El texto inicia planteando que, cada vez más, se identifica el progreso con los atajos, “con las cada vez más abundantes oportunidades de comprar lo que antes había que hacer” (p. 19), y nos ofrece el ejemplo de la comida prefabricada, para luego afirmar que este comportamiento obedece a una cada vez más urgente necesidad de repetir el éxito instantáneo de lo que debió ser solamente una solución pasajera. Dice: “La espera…ha sido finalmente eliminada del deseo de consumir…” (p. 21).

Bauman explica que la espera es, cada vez más, una circunstancia intolerable que ha dado paso al síndrome de la aceleración o síndrome de la impaciencia. Debido a que el tiempo ha llegado a ser un recurso cuyo gasto ha adquirido el tinte de lo abominable, injustificado e intolerable, toda demora, dilación o espera se ha transformado en un estigma de inferioridad, al mismo tiempo que se produce un peculiar ensalzamiento de los atajos como emblema del privilegio. Es así como, actualmente, “El ascenso en la jerarquía social se mide por la creciente habilidad para obtener lo que uno quiere (…) ahora, sin demora” (p. 22). En este contexto, las cosas cambian de significado; dice Bauman: ahora, a los padres que permanecieron en sus empleos durante toda su vida, se les mira como un modelo convertido en una advertencia: ese es el tipo de vida que se debe evitar ahora a toda costa; la vida comprometida, virtud abstracta desprovista de todo sentido, en la medida en que cada vez hay menos metas sólidas y duraderas que orienten la existencia individual.

Y bueno, ¿todo esto qué tiene que ver con la educación? Bueno, pues en tanto que el tiempo es ahora un fastidio y algo que hay que registrar en la página de débitos al traer más pérdidas que ganancias, hay una creciente tendencia a considerar la educación más como un producto, una mercancía, que como un proceso. Esto quiere decir que la educación cada vez más se considera algo que “se consigue”, es decir, como un bien completo y terminado que podría garantizar, por ejemplo, la obtención de un determinado empleo. Esta perspectiva se contrapone con la visión de la educación como un proceso siempre inacabado y en permanente expansión, cuyo mejor fruto puede ser un deseo de conocimiento imposible de satisfacer.

Bauman explica que la educación en la modernidad respondía a una idea del conocimiento que reflejaba claramente que el compromiso y la visión de la educación eran parte sustancial de su agenda: el conocimiento tenía valor puesto que se esperaba que durara (p. 26), era algo que se podía y se debía atesorar y conservar para siempre. En la modernidad líquida, por el contrario, todo lo que dura ha perdido su encanto, ya que el mundo vital de los jóvenes contemporáneos pone en tela de juicio lo invariable y considera la solidez de los vínculos humanos como una amenaza. Ahora, dice Bauman, las cosas más valiosas envejecen rápido y se espera que ni siquiera los hábitos que debían durar sean inalterables. ¿Cómo, en este contexto, puede ajustarse el conocimiento al uso instantáneo? Bauman diría: transformando su sentido. Ahora, se concibe al conocimiento para ser utilizado una sola vez, encogiendo el lapso de vida del saber y tratándolo como una mercancía de uso rápido.

El cambio contemporáneo, afirma Bauman, tiene una naturaleza errática y esencialmente impredecible que agrava el panorama. El mundo actual, dice, “parece más un artefacto proyectado para olvidar que un lugar para el aprendizaje” (p.33), de manera que ahora, “toda sabiduría y todo conocimiento de cómo hacer algo sólo puede envejecer rápidamente y agotar súbitamente la ventaja que alguna vez ofreció. De ahí que hoy se presenten como preceptos de la efectividad y la productividad ‘la negativa a aceptar el conocimiento establecido’, la renuencia a guiarse por los antecedentes y la sospecha que despierta la experiencia acumulada” (p. 35). Esto conduce a una resignificación particular de la memoria que, en la educación de la modernidad, era un valor positivo que ahora se entiende como potencialmente inhabilitante o inútil, ya que se relaciona con vínculos inquebrantables, con lealtades y con compromisos duraderos, los cuales ahora son considerados obstáculos que hay que apartar del camino al éxito rápido y visible. El conocimiento acumulado en su actual forma de mercancía se ha convertido en una masa caótica en la cual “se han ido derrumbando y disolviendo progresivamente todos los mecanismos ortodoxos de ordenamiento: temas relevantes, asignación de importancia, necesidad de determinar la utilidad y autoridades que determinen el valor” (p. 45).

Como consecuencia de todo lo anterior, Bauman concluye que nunca había enfrentado la educación un reto tan grande como el que enfrenta en nuestros tiempos líquidos ya que, a pesar de que todavía tenemos pendiente aprender “el arte de vivir” en un mundo que se presenta ahora sobresaturado de información, es en este contexto en el qué y para el cual, hay que preparar para la vida a las nuevas generaciones. Aunque breve, este texto de Bauman nos lleva a ponderar algo importante para una profunda reflexión en torno a la educación necesaria en nuestros días: el lado oscuro de una modernidad tardía que nos empuja a evitar las costumbres aprendidas, a evadir los legados del pasado y a entender las identidades como algo que no implica compromiso alguno, poniendo en cuestión los fundamentos mismos de una educación cimentada en valores y compromisos que han perdido su sentido original.

Cristina Palomar Verea

Departamento de Estudios en Educación

Universidad de Guadalajara